Años después de hacerme marinero, indagué sobre la historia de la Escuela de Grumetes de la Armada Bolivariana, y encontré que había sido creada por decreto el 17 de febrero de 1937. En otras palabras, mi amada Escuela tiene la misma edad mía. Yo nací el 22 de julio de 1937. Funcionó, inicialmente, en un anexo a la Escuela Naval, en un edificio ubicado frente a los baños de Maiquetía. Contó con 53 alumnos, y dado la incomodidad, fue trasladada al ex trasporte «Zamora» en Puerto Cabello, hasta que volvió a su sede ampliada en el anexo a la Escuela Naval. De allí, pasó a lo que es su sede actual, en el Centro de Adiestramiento Naval en Catia La Mar.

En efecto, yo contaba con 11 años. Vivía en Sabana Grande de Orituco, un pueblo olvidado en el mapa del estado Guárico. Ya se había instalado en mi mente un sueño: el sueño de salir del pueblo para estudiar mi primaria, y después que Dios decidiera mi destino. Solo quería aprender. Pero también se había instalado en mi mente mi rebeldía. Una rebeldía no contra mis padres. No, nada que ver. Una rebeldía contra los factores que eran generadores de la pobreza en que me encontraba junto a mi madre y una hermana. Esos factores no los conocía, por supuesto, pero era evidente que existían. En mi mente se revolcaban ideas que me decían que había culpables de nuestra pobreza. Era tal esa pobreza que desde los siete años comencé a trabajar como sirviente en una casa de un pudiente del pueblo: Don Carlos Pérez. Los maltratos recibidos me hicieron rebelde desde esa edad. Aprendí a medio leer y a escribir bajo una frondosa mata de mango, gracias a una mujer que fungió de maestra. Ese aprendizaje me abrió las ganas de estudiar. Así que le hice una carta a mi padre, quien vivía en Ocumare de la Costa, donde le urgía que me mandara a buscar, pues quería estudiar. Quiso Dios que se cumpliera mi petición. Llegué a Ocumare y comencé a estudiar segundo grado, previa evaluación, en la Escuela D´luyar. Pero al aprobar el cuarto grado me trasladé a Caracas, con el fin de trabajar en el día y estudiar en la noche.

Barrio 18 de octubre

Aterricé en una «vivienda» de mi hermano Luis Augusto, en el barrio 18 de octubre (en conmemoración de la «revolución» del 18 de octubre impulsada por los adecos), en un rancho de tablas ubicado en el cerro arriba, casi cerca del cielo, «calle» Párate bueno, rancho sin número. Lo de «párate bueno» era porque quien osará transitar por ese cerro tenía que pararse muy bien, si no quería rodar cerro abajo. E imagínese en tiempos de lluvia. Aquello era un tobogán de barro. Se pueden imaginar el por qué ese nombre. Trabajé en todo. Tenía 14 años. Una edad proclive para un desvío peligroso. Pero me mantuve centrado en mis ganas de estudiar. Así llegue a tener 16 años y medio. Y mi desesperación llegó al máximo, ya que no se me habría ninguna puerta para ingresar a alguna institución que me permitiera estudiar. Y seguir hacia delante, en persecución de mi sueño. Hasta que sucedió: un día caminaba desorientado, rogando a Dios que sucediera algo, que recibiera una señal que cambiara mi destino. De pronto vi a un marinero. Caminaba orgulloso con uniforme blanco, su gorra y su corbatín negro. Me acerqué a él, y le pedí que me diera información sobre aquello a lo que el pertenecía. Fue cuando oí por primera vez acerca de la Escuela de Grumetes. Me informó cómo tenía que hacer para inscribirme. Le oí con todo mí ser. Nada olvidé. Ni un solo detalle. Días después tenía entre mis manos el folleto prospecto para entrar a la Escuela de Grumetes. Había encontrado, por gracias de Dios, el camino que me conduciría al destino que me tenía guardado el Creador.

Escuela de Grumetes

Corrían los meses iniciales de 1954. Contaba para la fecha con 16 años y seis meses. De pronto, como un celaje, me encontré en el Centro de Adiestramiento Naval, en Catia La Mar, tratando de ingresar a la Escuela de Grumetes. La persona encargada de revisar los documentos me dijo: «Tienes que esperar cumplir los 17, esa es la edad para entrar». Sentí que el mundo se me venía encima. Pero Dios estaba conmigo. Fue así como le dije a esa persona: «Hermano, me estoy muriendo de hambre, mi madre está muy lejos en un pueblito del estado Guárico. Te voy a agradecer toda la vida, si me permites entrar». La persona me dejó pasar. Y fue así como me hice Grumete de la Armada. Mi cuerpo no cabía de tanta dicha y felicidad. Me parecía que estaba dando un paso importante en el cumplimiento de mi sueño. En efecto, el haber entrado a la Escuela de Grumetes mi destino tomó un rumbo inesperado. Mis padres nada sabían de mi decisión. Nadie lo sabía, sólo Dios y mi persona.

Allí, en ese espacio como una sabana del llano adentro, con amplias calles y un vasto terreno plagado de árboles, para ejercicios de toda índole, comenzó la Escuela de Grumetes a transformar a un joven venido del llano, en la búsqueda de un camino y un futuro mejor. Me inculcaron valores humanos y morales, así como la disciplina y el amor la patria, y estudios sobre los asuntos relativos a un futuro hombre de mar. Pasaron los meses, y cuando me tuve la transición de Grumete a marinero, me enviaron a Puerto Cabello, a la Corbeta Patria. Dejando atrás las barracas de dormitorio, el timbre a las 5 de la mañana, las formaciones, el trote mañanero, los castigos y las vivencias de un Centro maravilloso.

Puerto Cabello

«El Capana», un viejo transporte, adquirido al gobierno de los Estados Unidos, usado en la II Guerra Mundial, «amarrado» a un muelle en La Guaira, servía para que los Grumetes lo visitaran, como parte del entrenamiento. Mi matrícula era: 10.625, número que jamás he olvidado. Una vez graduado de marinero, como se decía en aquel entonces, me enviaron a la Corbeta Patria, fondeada en la ciudad de Puerto Cabello, estado Carabobo.

La vida en Puerto Cabello era única para mí. Los marineros llevamos una vida muy poco productiva. ¿Qué se podía hacer en una vieja Corbeta, de la segunda guerra mundial? Mantener sus calderas y sus máquinas en las condiciones necesarias para moverse de vez en cuando a La Guaira. Mantener su color gris a fuerza de pintura, y pintar la casa del comandante, un teniente bien madurito, en la Urbanización Rancho Grande, y mantener su jardín. Salir francos e irnos al burdel «La Barrera», rentado por un viejo matrimonio canario, a las afueras de la ciudad. Donde bailábamos y tomábamos ron con las putas del lugar. Así pasaban los días y los meses. Hasta que me acerqué a los dos años de servicio. Allí comenzó mi desesperación. El sólo pensar en lo que iría hacer en la calle, me perturbaba. Por más que era ya un hombre formado, disciplinado y con otra visión del mundo, sin embargo, presentarme ante mi madre y decirle «aquí estoy sin no me han visto», con las manos vacías y el corazón deshecho, desmotivado y sin tener de donde agarrarme o a donde ir, era una verdadera tragedia para mí. Había cumplidos los 18 años, más unos meses. Opté por reenganchar por un año. Como era cabo primero, me ascendieron a sargento de segunda. Pero Dios no me había olvidado. Él estaba allí, para apoyarme. Y sucedió el milagro. Llegó una comunicación a la Corbeta Patria, donde se exhortaban a los marineros que tuvieran sexto grado aprobado a pasar a la Escuela de Sub-Oficiales Profesionales de la Armada, ubicada en el mismo Centro de Entrenamiento, donde había comenzado mi vida como Grumete, luego como marinero. Corrían los meses finales de 1955. Un año y unos meses después, en 1957 me estaba graduando de Maestre de Tercera. Posteriormente me enviaron, como parte de la tripulación del Destructor Zulia-D-21.

El Destructor ARV «ZULIA» D-21

El ARV «ZULIA» D-21, fue adquirido por el gobierno nacional al gobierno inglés, y construido en el astillero británico Vickers Armstrong Company Limited Barrow-in Furness. Fue botado al agua el 29 de junio de 1953, entró en servicio el 14 de febrero d 1956, reparado en el mismo artillero en 1959, y posteriormente hundido, junto a sus hermanos, El Nueva Esparta y El Aragua. Fue en El «Zulia» donde me hice verdaderamente marinero, como integrante del equipo de «Máquinas Principales». Viajé mucho. Inglaterra, Estados Unidos, Portugal, Puerto Rico, entre otros países.

Por cierto, me bautizaron a mí llegada al «Zulia», con esta perla: Estando en mí camarote descansando, oí a fuera una pelea entre dos marineros. Salí, los tranquilicé y le pasé una «Nota» al culpable. Dos horas después me llamaron a la cubierta principal. Un Maestre superior me entregó un chicote (una madeja de mecate tejido) y me dijo: «Dale a este carajo, 15 chicotazos como castigo». Esa orden me golpeó en lo más profundo de mí ser. Pegarle a un hombre indefenso, con un chicote, por tan sólo haberlo encontrado peleando con otro compañero… No entendía aquello. Me pareció una barbarie. Así que tomé el chicote en mis manos, me llevé al marinero para mi camarote, y le dije: «No te voy a pegar con esta vaina. Sales a la cubierta haciéndote el adolorido, y me guardas el secreto». Así lo hizo. Y así pase mi primera prueba. Nunca lo olvidaría.

La Escuela de Grumetes, en mi memoria

Cierro mi crónica sobre mí amada Escuela de Grumetes con lo siguiente: Hace 79 años nació esta institución. 18 años después de su creación entré a sus predios. Allí recibí una formación integral, donde se incluyó valores, respeto, conocimientos sobre la labor de un marinero. Aprendí a querer a mi escuela y a mi país. Hoy día su misión es la misma: formar hombres útiles a la patria. El lugar es el mismo, pero las instalaciones son otras, acordes con los adelantos tecnológicos, y con las necesidades de la Armada Bolivariana. Allí se forman los hombres que luego pasan a prestar servicio en las modernas unidades navales, que surcan los mares llevando un mensaje de paz a países hermanos.

Hoy, cuando me acercó al cumplimiento de mis 83 años, soy un periodista egresado de la Universidad Central de Venezuela, y oficial de nuestra Armada, gracias al Comandante Supremo de la Revolución, Hugo Rafael Chávez Frías, y a los oficiales superiores de nuestra gloriosa Fuerza Armada Bolivariana. Me siento orgulloso de haber dado mis primeros pasos, en la búsqueda de mi sueño, en mí amada Escuela de Grumetes: formadora y forjadora de hombres útiles a la patria. Juro que si retrocediera mi tiempo volvería a ser Grumete…

 


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